Julio Palmaz y la servilleta donde nació el stent que salvó millones de vidas

Julio Palmaz, inventor del stent expandible con balón

Julio Palmaz desarrolló los primeros prototipos del stent en el garaje de su casa, con cartón y alambre de cobre.

En 1978 un médico argentino volvió de un congreso dibujando una idea en una servilleta. La desarrolló en el garaje de su casa, con cartón y alambre de cobre enroscado en los lápices de colores de su hija. Ese prototipo terminó siendo el stent expandible con balón, el dispositivo que hoy llevan más de 40 millones de personas en el mundo. Julio César Palmaz, platense, egresado de la UNLP en 1971, tardó una década en que la FDA lo aprobara y otros doce años en que los tribunales le reconocieran la patente.

Un quirófano en 1972 y una muerte que no se olvida

La historia del stent no empieza en un laboratorio sino en una sala de operaciones de Buenos Aires, con un médico de 26 años recién recibido mirando desde un piso vidriado. Abajo, René Favaloro operaba a José, el padre de Amalia Hernández, la novia de ese joven. Un bypass quíntuple. Palmaz había ayudado a conseguir los litros de sangre para la intervención y presenció todo desde arriba: el corazón expuesto, latiendo, el equipo trabajando con circulación extracorpórea.

Cuando detuvieron la bomba, el corazón no arrancó. Favaloro se sacó los guantes y salió del quirófano.

Palmaz salió de ahí con una idea fija: el bypass era caro, complejo, imposible de aplicar como respuesta masiva a una enfermedad que mataba a más gente que ninguna otra. Tenía que existir otro camino. Nunca volvió a ver a Favaloro.

De la tintorería de su padre a la Facultad de Medicina

Nació en La Plata en diciembre de 1945. Su padre había sido chofer de la línea 8 antes de abrir una tintorería que estabilizó la economía de la casa. Estudió en la Escuela Anexa, hizo el secundario en el Colegio Nacional y entró a Medicina casi por descarte: varios amigos habían elegido esa carrera y él se sumó, aunque siempre le habían gustado más los trabajos manuales y alguna vez pensó en Ingeniería.

Se recibió el 20 de mayo de 1971. Sin padre médico ni pacientes heredados, arrancó de cero. Duró poco en el consultorio: el primer paciente que atendió se largó a llorar porque se había separado de la mujer, y Palmaz entendió ahí mismo que lo suyo no era la clínica. Pidió que lo cambiaran de tarea y terminó en un cuartito, investigando proteínas urinarias frente a una heladera llena de frascos de orina. Ese cuartito le confirmó la vocación.

Después vinieron el Hospital Rawson, el Italiano, el Policlínico San Martín. Aprendió cateterismo percutáneo, se suscribió a revistas extranjeras y se convirtió en el cateterista de La Plata, recorriendo clínicas con una valijita de catéteres.

La servilleta, el garaje y los lápices de colores

En 1976 empezó a viajar a Estados Unidos. En 1977 se radicó definitivamente, después de comprobar que la investigación básica que quería hacer no era viable en Argentina.

El momento bisagra llegó en 1978, en una charla del cardiólogo alemán Andreas Grüntzig en Nueva Orleans. Grüntzig había creado la angioplastia con balón, pero admitía ante el auditorio que las arterias volvían a obstruirse con frecuencia alta. Palmaz escuchó eso y pensó en un dispositivo que se quedara adentro. Volvió a su casa dibujando en una servilleta.

Montó un laboratorio en el garaje. Los primeros prototipos fueron de cartón y de alambre de cobre tejido alrededor de los lápices de colores de su hija Florencia. La solución apareció por casualidad: un albañil trabajaba en su casa con un pedazo de metal expandido, Palmaz lo miró un largo rato y entendió que ahí estaba la respuesta. Un tubo con ranuras escalonadas, plegable, que quedara rígido una vez colocado.

En 1985 patentó el stent expandible a nombre de The Expandable Grafts Partnership, la sociedad que formó con el cardiólogo Richard Schatz y con Philip Romano, un empresario gastronómico que puso la plata para investigar. El primer uso en humanos fue en 1987, en vasos periféricos, en Friburgo, Alemania. El primer stent coronario se implantó al año siguiente en San Pablo.

Doce años de tribunales y un cajón lleno de papeles

Acá viene la parte que los perfiles suelen saltear. El stent no fue recibido con aplausos.

A parte de la comunidad médica le resultaba directamente repulsiva la idea de dejar un metal adentro de una arteria coronaria. Palmaz cuenta que lo resistieron en discusiones profesionales y que en algún momento intentaron aislarlo. Colegas a los que respetaba le sugerían que dejara el tema, que no iba a llegar a nada.

Después llegó el otro frente. Competidores modificaban el stent y lo presentaban como propio. El litigio por la patente se estiró entre doce y catorce años. Lo que terminó inclinando la balanza fue una costumbre de su mujer: Amalia guardaba todo. Había conservado el programa del congreso, el pasaje aéreo y las anotaciones que Julio tomó el día que escuchó a Grüntzig. Esa carpeta valió más que cualquier alegato.

La FDA autorizó el dispositivo para arterias periféricas en 1991 y para coronarias en 1994, cuando ya se usaba con éxito en Europa y América Latina. En 1994, junto a Schatz, desarrolló una versión coronaria modificada —dos stents Palmaz unidos por un solo conector— que se transformó en el patrón contra el cual la FDA midió todo lo que vino después.

El inventor que se puso su propio invento

Palmaz tiene tres stents implantados. Conoce el dispositivo como médico y como paciente, y de ahí sale su insistencia con el autocuidado: colesterol, glucemia, ejercicio, peso, controles.

Su lectura del presente es menos triunfal de lo que se esperaría. Sostiene que lo que se logró fue correr la línea de llegada: los pacientes que antes consultaban a los 50 o 60 años hoy llegan con 70 u 80, más viejos y más frágiles. La batalla cardiovascular, para él, sigue abierta.

Cuando le preguntan qué siente por haber salvado millones de vidas, esquiva. Se define como parte de un engranaje, admite ser una punta de lanza pero no el responsable principal. Y aclara que no lo dice por humildad sino por realismo: prefiere no comerse ese postre para no empalagarse.

Un artículo incómodo a los 79 años

A fines de 2025 publicó un texto que le trajo la peor reacción de su carrera. Contrapuso la eficacia comprobada de la medicina prostética —la de los dispositivos, la suya— frente a la medicina regenerativa, a la que considera todavía experimental y con resultados limitados pese a la inversión pública que recibe. También cuestionó la ambición de crear humanos mejorados por edición genética, por costosa y riesgosa.

Recibió agresiones cargadas de odio y hubo publicaciones científicas que decidieron no difundir el texto. Su respuesta a eso es más comprensiva que defensiva: dice entender la reacción, porque cuanto más cerca está alguien del dolor y de la enfermedad, más vulnerable se vuelve, y quien plantea una crítica a una esperanza puede ser leído como enemigo.

Napa, Porsches y una ciudad a la que no vuelve

La familia maneja hoy cinco compañías, entre ellas Vactronix Scientific —dirigida por su hijo Christian— y Palmaz Vineyards, una finca de 240 hectáreas en el Valle de Napa con una bodega subterránea de dieciocho plantas conectada por túneles, donde sensores y software controlan la fermentación. Ahí Palmaz cultiva su otra pasión: restaurar Porsches antiguos.

A La Plata no vuelve desde 2013, cuando lo homenajearon en el Teatro Argentino. Dice que se le fueron agotando las razones, que ya no le quedan parientes en la ciudad. Pero la define como un experimento fabuloso del que se siente parte, y reivindica sin vueltas la universidad pública que lo formó: cuando llegó a Estados Unidos aprobó los exámenes de reválida casi sin estudiar.

Sus prototipos originales están en la colección médica del Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian, en Washington.