Marta Minujín: "El arte no es para mirarlo, sino para vivirlo"

Marta Minujín, artista argentina

Marta Minujín lleva más de seis décadas transformando objetos cotidianos, monumentos y espacios públicos en experiencias participativas que borran la distancia entre la obra y el espectador.

En 1963, en un terreno baldío de París, una argentina de veinte años juntó todas sus obras, contrató a un artista disfrazado de verdugo encapuchado para que las destrozara a hachazos, las roció con nafta y les prendió fuego. Antes había soltado quinientos pájaros comprados y un centenar de conejos alquilados, de los cuales apenas pudo devolver una decena. Terminó con las sirenas de los bomberos acercándose.

Ese fue el primer happening de Marta Minujín, y la lógica que lo sostenía sigue vigente sesenta años después: el arte no está para durar guardado en lo que ella llamó cementerios culturales, sino para intensificar la vida de quien lo mira. Hoy tiene 83 años, obra en el MoMA y en el Pompidou, y en agosto de 2026 fue distinguida como Personalidad Emérita de la Cultura Nacional.

París sin calefacción y con ratas

La leyenda dorada de la vanguardia argentina empieza en la incomodidad más concreta. Minujín llegó a París a los 18 años, ya casada con Juan Carlos Gómez Sabaini, su compañero de toda la vida. Alquiló un cuarto tan chico que, para pintar, tenía que meter los muebles y la ropa en el baño y apoyar la cama contra la pared; cuando iba a dormir, reacomodaba todo.

Después consiguió un espacio más grande, sin calefacción ni baño, en un invierno de diez grados bajo cero. Usaba el baño de un bar a una cuadra y se duchaba en baños públicos. Cuando aparecieron ratas, no se mudó: consiguió un gato. Todo eso está contado por ella misma en Tres inviernos en París. Diarios íntimos (1961-1964), un libro escrito entre los 18 y los 19 años que sorprende por la madurez de la reflexión.

Había llegado con una beca del Fondo Nacional de las Artes obtenida en 1960. Volvió con un vocabulario propio.

El Di Tella, La Menesunda y la ambientación que cambió todo

En 1964 recibió el Premio Nacional del Instituto Torcuato Di Tella. Un año después presentó junto a Rubén Santantonín La Menesunda, una ambientación recorrible diseñada para alterar la experiencia sensorial del público mediante una sucesión de situaciones inesperadas. Es probablemente la obra más citada del arte argentino de los sesenta.

En 1966 llegó Simultaneidad en Simultaneidad, la pata local de Three Countries Happening, un proyecto internacional concebido junto a Allan Kaprow desde Nueva York y Wolf Vostell desde Berlín. Ahí empezó su interés por lo que después se llamaría arte mediático, alimentado por la lectura de Marshall McLuhan.

Nueva York: cabinas telefónicas y un secuestro consentido

La beca Guggenheim de 1966 la llevó a Nueva York, donde vivió entre 1967 y 1969; en 1968 sumó otra beca, esta vez de la Fundación Rockefeller. De esa etapa salieron obras centrales.

Minuphone (1967) era una cabina telefónica que producía efectos psicodélicos con sonidos, líquidos de colores y niebla. Su origen, explicó ella, estaba en la alienación y la ansiedad que veía en la gente usando teléfonos públicos. Minucode (1969) se exhibe con sala propia en el MoMA desde 2021, dentro del nuevo montaje de la colección.

En 1973 llegó a tener las llaves del MoMA en la mano. Ensayó allí Kidnappening, un homenaje a Picasso que incluía un simulacro de secuestro: quince personas del público, que habían dado su consentimiento previo, fueron trasladadas con los ojos vendados a un loft del Soho, a la casa de un crítico reconocido y a un banquete.

Ese mismo año organizó Soft Gallery junto a Richard Squires en la galería Harold Rivkin de Washington. Para hacerla alquiló doscientos colchones al cuidador del Cairo Hotel, un edificio desalojado tras una serie de asesinatos. Al cierre de la muestra invitó al público a desarmar la ambientación.

Los colchones son una constante de su obra desde los sesenta y tienen una explicación que ella repite: pasamos la mitad de la vida sobre uno, nacemos en un colchón, morimos en un colchón, hacemos el amor.

La clausura que terminó en amistad con Warhol

Cuando presentó El batacazo en la galería Bianchini de Nueva York, la muestra duró apenas una semana. Era una estructura en forma de hexaedro donde el espectador podía cruzarse con conejos vivos y deslizarse por un tobogán hasta caer sobre la cabeza de una muñeca inflable. Una denuncia de la Sociedad Protectora de Animales la clausuró.

Visto en perspectiva, aquel cierre funcionó como consagración. A la inauguración había ido Andy Warhol, que ya había oído hablar del happening con pollos que ella había hecho en Uruguay. De ahí nació una amistad que dos décadas después produciría una de las imágenes más reproducidas del arte latinoamericano.

En 1985, en el bar Odeón de Nueva York, Minujín le propuso a Warhol pagarle la deuda externa argentina con choclos, el oro latinoamericano, el alimento que según su argumento sostuvo al mundo durante la Primera Guerra. Compró cientos de mazorcas en un mercado, las pintó con aerosol dorado y se sentaron los dos de espaldas entre un mar de choclos desparramados por el piso de The Factory. La deuda quedó saldada. En 2022 esa obra salió a la venta en versión NFT, la primera de la artista en ese formato.

Monumentos que se desarman

Su serie más reconocible internacionalmente son las réplicas monumentales de símbolos de poder, construidas para que el público participe y, al final, se las lleve.

En 1978 presentó el Obelisco inclinado en la Primera Bienal Latinoamericana de San Pablo, y al año siguiente el Obelisco de pan dulce en la II Feria de las Naciones. En 1983 levantó El Partenón de libros, una réplica del templo griego cubierta con doscientos mil ejemplares prohibidos, para celebrar la llegada de la democracia después de la dictadura. En 2017 lo reversionó, aún más monumental, para la Documenta 14 de Kassel, en la Friedrichsplatz.

En 2011 armó La Torre de Babel en Plaza San Martín: siete pisos de alto con treinta mil libros donados por embajadas de todo el mundo y por el público. Y en 2021, durante el momento más duro de la pandemia, dirigió por Zoom y WhatsApp el montaje de El Big Ben acostado con libros políticos en el Festival Internacional de Manchester, una réplica de 42 metros cubierta con veinte mil libros centrados en los conflictos sociopolíticos entre Londres y Manchester en los ochenta.

El lobo que cambió de piel

Su obra pública argentina más visitada está en Mar del Plata. Para la inauguración del Museo MAR, el 27 de diciembre de 2013, instaló un Lobo marino de diez metros de altura sobre estructura de hierro y metal, en diálogo con los lobos de piedra de José Fioravanti que están sobre la rambla.

Lo pensó en dos etapas. La primera fue efímera: apareció recubierto con miles de envoltorios dorados de alfajores Havanna. La segunda llegó el 31 de agosto de 2014 con una performance masiva de “cambio de piel”, en la que el público se llevó los envoltorios; unos catorce mil paquetes se canjearon por alfajores en los locales de la marca y el resto quedó como recuerdo. El 12 de octubre de ese año la escultura reapareció con placas doradas de aluminio, tratadas contra la oxidación. En 2018 se restauró esa piel definitiva.

Minujín lo explicó entonces con una frase que resume su método: el lobo nació para tener cambios, y quedó como ícono eterno porque nadie quiso que desapareciera.

Una agenda que no baja el ritmo

El calendario reciente desmiente cualquier idea de retiro. En 2022, A Survey recorrió sesenta años de su carrera en una muestra coorganizada por Herlitzka + Faria y Henrique Faria Nueva York. En 2023 tuvo individuales en el Museo Judío de Nueva York, el Reina Sofía y la Pinacoteca de São Paulo, y participó de Signals en el MoMA y de Mujeres informalistas en la Whitechapel de Londres. Festejó sus ochenta años con Casamiento con el arte, una performance en el MALBA que ya había hecho a los setenta.

En julio y agosto de 2025 ocupó la explanada del Palacio Libertad con Golosina emocional, una obra inflable de doce metros de largo compuesta por más de diez piezas, planteada como recorrido inmersivo con colores vibrantes y sonido. La definió como una antiescultura, y forma parte de un proyecto que retoma sus colchones históricos de telas fluorescentes. Durante la exhibición, el colectivo Las Martitas activó la obra con intervenciones performáticas inspiradas en su vida.

En agosto de 2026 recibió la distinción de Personalidad Emérita de la Cultura Nacional en la cúpula del Palacio Libertad, ante una sala llena. En el video-homenaje resumió su trabajo en tres palabras: ideas, intuición y emoción. Dijo también que supo que era artista a los cinco años y que el arte no está para mirarlo sino para vivirlo. Al recibir la placa comentó que le gustaría ser como Van Gogh, o como Jesucristo, porque ambos fueron fracasados antes de ser un éxito.

Por qué su obra sigue funcionando

Hay una decisión temprana que explica todo lo demás. Minujín entendió muy joven que la eternidad museística era un privilegio de pocos y eligió otra cosa: sacudir al espectador, sacarlo de la inercia, hacerlo participar. Por eso quemó sus obras en París, por eso invitó al público a desarmar sus galerías blandas, por eso sus monumentos se reparten pieza por pieza al final de cada montaje.

Esa apuesta la volvió una figura difícil de encasillar. Atravesó el nuevo realismo, el pop, el land art, el conceptualismo, la psicodelia y el arte multimedia sin instalarse cómodamente en ninguno. Y sostuvo, en paralelo, una relación poco frecuente con lo popular: los alfajores, los choclos, los colchones de hospital, los libros donados por vecinos. Materiales que cualquiera reconoce, puestos al servicio de imágenes que nadie había visto.

Cuando le preguntan de dónde salió esa energía, ella no la explica. La ejerce.