Jean-Michel Jarre, el hombre que tocó para 3,5 millones de personas
Jean-Michel Jarre llevó la música electrónica a audiencias multitudinarias con conciertos que combinan sonido, proyecciones y efectos visuales.
Jean-Michel Jarre tocó para más gente que nadie en la historia: 3,5 millones de personas lo escucharon en Moscú en 1997, el último de sus cuatro récords Guinness de público. Pionero de la música electrónica desde que Oxygène salió de un estudio casero en 1976 y vendió 12 millones de copias, el francés lleva más de 80 millones de discos vendidos, un asteroide con su nombre y medio siglo de convertir ciudades enteras en escenario. Este perfil repasa su trayectoria, sus logros y las polémicas de un artista que siempre pensó en grande.
El hijo del compositor que eligió las máquinas
Jarre nació en Lyon el 24 de agosto de 1948, hijo de Maurice Jarre, el compositor que Hollywood consagraría con las bandas sonoras de David Lean. La sombra paterna fue más ausencia que tutoría: sus padres se separaron cuando él tenía 5 años y el vínculo con su padre quedó marcado por la distancia. Su formación decisiva llegó por otro lado: en 1969 entró al Groupe de Recherches Musicales de Pierre Schaeffer, el padre de la música concreta, donde aprendió a pensar el sonido como materia antes que como partitura.
De ese laboratorio salió el experimento que cambió todo. En 1976, con un puñado de sintetizadores, grabó Oxygène en un estudio doméstico. El disco —instrumental, electrónico, sin canciones en el sentido clásico— parecía invendible y terminó despachando 12 millones de copias, el álbum francés más vendido de la historia. Dos años después, Équinoxe confirmó que no había sido casualidad.
Ciudades enteras como escenario
Su invento mayor no fue un disco sino un formato: el concierto-ciudad, gratuito, monumental, con edificios convertidos en pantallas y fuegos artificiales sincronizados. El 14 de julio de 1979 reunió un millón de personas en la Place de la Concorde y entró por primera vez al libro Guinness. En abril de 1986, Rendez-vous Houston juntó 1,5 millones para festejar el aniversario de la ciudad y los 25 años de la NASA; ese mismo año, 800.000 personas lo vieron en su Lyon natal. El 14 de julio de 1990 volvió a batirse a sí mismo con 2,5 millones en La Défense, y el 6 de septiembre de 1997 llegó el techo: 3,5 millones de personas en los 850 años de Moscú, el concierto más multitudinario de la historia.
Entre récord y récord hubo paradas igual de icónicas: 650.000 personas frente al Mont Saint-Michel en 1993 y 1,25 millones bajo la Torre Eiffel en 1995, en el Concierto por la Tolerancia. La crítica discutió durante décadas si tanta pirotecnia era música o espectáculo; el tiempo le dio una respuesta cómoda, porque el formato que él inventó es hoy el estándar de los grandes eventos globales, de las inauguraciones olímpicas a los shows de año nuevo.
Un pionero que no se jubila
La institucionalidad lo alcanzó sin domesticarlo. Es Embajador de Buena Voluntad de la UNESCO desde 1993, fue condecorado Caballero de la Legión de Honor en 1995 y hasta la astronomía lo premió: el asteroide 4422 Jarre orbita con su apellido. A la vez, nunca dejó de meterse con la tecnología de cada época, de los sintetizadores analógicos de los setenta a los conciertos en realidad virtual y los experimentos sonoros de las últimas décadas, siempre con el mismo argumento: la electrónica no es un género sino un territorio.
Su figura también cargó polémicas de las que salió caminando: el purismo que lo acusó de comercial cuando la electrónica era cosa de laboratorio, y la discusión eterna sobre el costo y el gigantismo de sus shows gratuitos. A medio siglo de Oxygène, el saldo lo escribieron otros: varias generaciones de productores electrónicos, del ambient a la electrónica de estadios, lo citan como el tipo que les mostró que las máquinas podían emocionar multitudes.