Marcelo Blanco, el restaurador argentino de flippers al que Estados Unidos le toma nota
Marcelo Blanco trabaja sobre la mecánica de un pinball. El restaurador porteño conserva las piezas originales para no perder el valor histórico de cada máquina.
En un café de San Telmo, a dos cuadras de su taller, un hombre de manos manchadas de grasa explica en voz baja por qué le sigue temblando el pulso cuando termina una máquina. Se llama Marcelo Adrián Blanco, nació en Buenos Aires en 1971 y hoy es uno de los nombres que se pronuncian con respeto cuando se habla de restaurar el pinball a nivel mundial. Su historia mezcla anticuarios porteños, una prohibición que duró décadas y una comunidad global de coleccionistas que viaja miles de kilómetros para verlo trabajar.
De la anticuaría familiar a las manos que reparan el pasado
Blanco creció rodeado de objetos antiguos. Su padre, Roberto, era anticuario y se especializaba en piezas mecánicas: juguetes, proyectores de cine, fonógrafos. El local funcionaba en el frente de la casa, sobre la esquina de Chacabuco y Bolívar, y ahí el chico aprendió a mirar cómo se desarma y se vuelve a armar el tiempo. La técnica fina y la sensibilidad artística se las transmitió Roberto MacKintosh, socio de su padre y artista plástico, alguien que le enseñó que restaurar no es solo arreglar sino devolverle dignidad a un objeto.
De pequeño jugaba al Meccano, el juego de tornillos y planchuelas que probablemente explique buena parte de su vocación. El pinball llegó más tarde y por la ventana: a los diez años solo podía jugarlo en los salones de la costa atlántica, porque en Buenos Aires estaba prohibido y era tratado como juego de azar.
El flipper de los 14 años
El punto de quiebre tiene fecha y precio. Cuando tenía catorce, su padre compró un lote de antigüedades y adentro venía un viejo flipper. Blanco lo reclamó como propio y lo pagó: 300 dólares que había juntado restaurando juguetes japoneses. Al abrir el cabezal y ver la maraña de relés, bobinas y cables que hacía funcionar todo, quedó atrapado para siempre. Describe esa mecánica como un “cerebro loco”, una máquina misteriosa que cuenta puntos y toma decisiones sin que nadie sepa muy bien cómo.
Electrónica, paciencia y una regla de oro
Ese fascinación tenía una base concreta. En la Argentina de entonces, después de la primaria venían seis años que combinaban secundaria y formación técnica, y Blanco salió de ahí con un título en electrónica. Ese saber le permitió entender qué pasa dentro de una máquina de sesenta años y repararla sin adivinar.
Su filosofía de trabajo se parece a la de los restauradores de autos clásicos: conservar la mayor cantidad posible de piezas originales para no destruir el valor histórico ni el de colección. Aprendió a prueba y error, con intuición y sentido común, y perfeccionó un nivel de detalle que muchos consideran obsesivo. Por sus manos pasaron flippers de casi todos los jugadores del país; hace poco reparó el de Mario Pergolini.
El llamado de Rob Berk y la llave de Girard
El reconocimiento internacional llegó por un video. Rob Berk —coleccionista estadounidense, dueño del arcade Past Times en Girard, Ohio, fundador de la Pinball Expo de Illinois y poseedor del récord Guinness a la mayor colección de pinball, con más de mil máquinas— vio cómo Blanco rescataba una pieza destinada a la basura y no lo podía creer. “Este hombre tiene que venir”, dijo. Desde entonces, el argentino viaja cada año, se instala varios meses en Ohio y trabaja sobre esa colección monumental.
El vínculo se volvió afecto. Berk le entregó un certificado de adopción simbólico y la llave de la ciudad de Girard por su aporte a la comunidad. Blanco lo cuenta con pudor, como quien no termina de entender por qué su oficio conmueve tanto.
Seminarios, ferias y la pelea por la memoria
En Ohio y Chicago dicta seminarios intensivos ante cientos de aficionados que toman nota de sus métodos. En 2024 su charla giró en torno a cómo planificar una restauración sin sacrificar el valor histórico y económico de la máquina. También sostiene un programa en YouTube, comparte su trabajo en Instagram (@marceloadrianblanco) y, desde junio de ese año, integra el equipo de Recreativas.org, un proyecto español dedicado a preservar y digitalizar el arte de pinballs y recreativas.
Una lista negra que habla bien de él
Blanco recibe más pedidos de los que acepta, y no lo esconde. Prefiere reservar su tiempo para coleccionistas apasionados —grandes o chicos— que hacen un esfuerzo genuino por tener su máquina, y evita a quienes compran barato, le encargan una restauración y revenden al triple. Esa “lista negra” no es un capricho: es la manera que encontró de proteger un oficio que exige meses de trabajo y que casi nadie tiene paciencia para aprender.
El pinball vuelve a la conversación
El interés reciente por estas máquinas tuvo un empujón inesperado desde la política, cuando trascendió que un exfuncionario había pagado una cifra alta por un Los Locos Adams. Para Blanco, ese entusiasmo es pura nostalgia: el pinball no da estatus, dice, y hay gente que vive en un monoambiente y guarda su flipper como un tesoro. Él, que pintó más de cien de esos Adams —el modelo más vendido de la historia, con 20.270 unidades—, confiesa con gracia que no es su favorito. La escena, mientras tanto, sigue viva: nacen clubes y museos, las fábricas lanzan títulos nuevos y siempre aparece alguien dispuesto a darse el gusto de tener una máquina misteriosa en casa.