Marina Simian: la investigadora que fue a un programa de televisión para financiar su laboratorio y hoy dirige una biotech contra el cáncer

Marina Simian, de la investigación del cáncer a la creación de Oncoliq

Marina Simian pasó más de dos décadas investigando cáncer de mama en el CONICET y en 2021 fundó Oncoliq para transformar ese conocimiento en tests de detección temprana basados en sangre.

Pasó más de dos décadas en el CONICET estudiando por qué algunos tumores de mama dejan de responder al tratamiento. En 2019 se sentó frente a las cámaras de un concurso de preguntas y respuestas para conseguir plata que le permitiera comprar reactivos. Dos años después dejó el laboratorio para fundar Oncoliq, la empresa con la que busca detectar cáncer con una simple extracción de sangre.

Una beca a los quince y un profesor que le cambió el rumbo

La vocación apareció temprano. En cuarto año del colegio Northlands ganó una beca para estudiar biología marina durante un semestre en Estados Unidos, algo bastante inusual para la época. Pero el desvío decisivo llegó en la facultad: cursando el primer año de la licenciatura en Exactas, tuvo como docente a Alberto Kornblihtt en Introducción a la Biología Celular y Molecular. Simian recuerda esa materia como el momento en que quedó atrapada por la disciplina que terminaría ocupando su vida.

De ahí siguió un recorrido de manual, aunque nada corto: doctorado en el Lawrence Berkeley National Laboratory de la Universidad de California y posdoctorado en el Instituto de Oncología Ángel H. Roffo, en Buenos Aires. Ella misma describe la formación de un investigador como un camino comparable al de un médico y bastante frustrante, porque los experimentos casi nunca salen como uno espera.

La apuesta que le armó el laboratorio

En 2006 pasaron dos cosas al mismo tiempo. Ingresó a la Carrera del Investigador del CONICET y ganó, con 34 años, un subsidio internacional de la fundación estadounidense Susan G. Komen for the Cure por 250.000 dólares. Fue la primera latinoamericana en recibirlo.

El dinero llegó antes que la estructura para administrarlo, así que golpeó la puerta del presidente del Instituto Roffo para que la ayudara con la gestión de los fondos. Con eso montó su grupo, empezó a tomar becarios y construyó una línea de trabajo que sostuvo durante años: el microambiente tumoral, es decir, todo lo que rodea a la célula cancerosa y condiciona su comportamiento.

El foco concreto era el tamoxifeno, la terapia hormonal que reciben la mayoría de las pacientes con cáncer de mama durante diez años. Alrededor de tres de cada diez sufren una recidiva. Su hipótesis, heredada del enfoque de su mentora Mina Bissell, era que la respuesta no estaba solo dentro de la célula sino en el andamiaje externo que la sostiene.

Trece años para un paper

Esa apuesta dio un resultado grande en 2018. Un equipo liderado por Simian desde el Instituto de Nanosistemas de la UNSAM publicó en Journal of Cell Biology un trabajo que identificó a la beta 1 integrina, un receptor de la fibronectina, como nuevo blanco terapéutico. El hallazgo cuestionó el modelo clásico sobre cómo el receptor de estrógeno regula los genes que impulsan la proliferación tumoral.

Detrás había trece años de trabajo, dos tesis doctorales (las de Osvaldo Pontiggia y Rocío Sampayo, esta última primera autora del paper) y una red de colaboradores que incluyó a Fernando Stefani en microscopía de superresolución, a Dante Chialvo para el análisis matemático de las imágenes, a Alfredo Cáceres en Córdoba y a laboratorios de California. La propia Bissell cedió las muestras humanas que permitieron confirmar los resultados.

Es un caso poco frecuente de ciencia argentina de alto impacto armada a partir de una idea sostenida durante más de una década con financiamiento fragmentado.

El episodio televisivo que puso el debate en horario central

En mayo de 2019, Simian se presentó en ¿Quién quiere ser millonario?, el programa de Telefe conducido por Santiago del Moro, y ganó 500.000 pesos. Su motivo era estrictamente práctico: no tenía con qué comprar insumos. Contaba entonces que del subsidio PICT que había ganado en 2017 le habían depositado media cuota anual, unos 260.000 pesos que al cambio equivalían a poco menos de 5.700 dólares, una cifra con la que resulta imposible hacer biología celular y molecular.

La aparición generó ruido. Hubo quienes leyeron la escena como un espectáculo y quienes la interpretaron como una postal incómoda del estado del sistema científico. Un diputado oficialista la felicitó públicamente por haber ido al concurso, lo que agregó otra capa a la discusión, y días más tarde el entonces presidente Mauricio Macri la recibió en la Residencia de Olivos.

Ella nunca planteó el asunto como una operación mediática. Dijo que no había anticipado semejante repercusión, que sus colegas le hicieron notar que el episodio había puesto el tema sobre la mesa más que una marcha, y que si ese fue el efecto, bienvenido. Vista a distancia, la jugada funcionó en los dos planos: resolvió un año de reactivos y volvió visible para un público masivo una discusión que hasta entonces circulaba puertas adentro. La decisión, además, fue colectiva: se ofreció a ser ella la que participara con la condición de que su equipo la acompañara.

En esa misma época le preguntaron si se iría del país. Respondió que podría hacerlo, porque tiene trayectoria y vínculos internacionales, pero que a los 47 años, con marido y tres hijos, no era tan simple, y que quería seguir haciendo ciencia en la Argentina.

De la academia a la empresa

El giro llegó en 2021. La pandemia había dejado a sus becarios sin poder entrar al laboratorio y Simian no quería iniciar doctorados condenados a uno o dos años de parálisis. A eso se sumaba un cansancio con el rol de mentora y el hecho de haber cumplido cincuenta años, algo que menciona sin vueltas como parte de la ecuación.

Fundó entonces Oncoliq junto a Adriana De Siervi. La tecnología venía gestándose desde 2014 en el laboratorio de su socia, estudiando en ratones el comportamiento de unas moléculas llamadas microARNs. Cuando pasaron a muestras humanas, comparando sangre de pacientes con cáncer de mama y de mujeres sanas, encontraron que esos cambios permitían anticipar la presencia de un tumor. El método combina análisis por PCR con machine learning para reconocer patrones.

La propuesta es de tamizaje, no de diagnóstico: el test indica que algo está pasando, no qué tipo de cáncer es. Su ventaja está en el costo, en la baja invasividad y en la posibilidad de llegar a zonas sin acceso a estudios por imágenes. Con una sensibilidad reportada del 90%, frente al 85% de la mamografía, la hipótesis del equipo es que puede detectar tumores que la imagen todavía no muestra.

Los números del proyecto

En 2023, cuando ya llevaban más de 400 tests procesados para mama y más de 700 para próstata, la Fundación Falling Walls distinguió el desarrollo como innovación científica del año y lo llevó a su cumbre internacional ante referentes del sector biotech.

La compañía tiene licenciada la patente del CONICET en fases nacionales en Estados Unidos y la Argentina, y prevé una segunda patente derivada de las adaptaciones que fue haciendo al producto. En 2025 cerró su tercera ronda de inversión; según reportó La Nación ese año, las dos científicas llevaban levantados 2,8 millones de dólares. Desde mayo de ese año trabajan además con la provincia de Chubut en un programa de tamizaje de HPV orientado a la detección temprana de cáncer de cuello de útero.

El plan inmediato es el lanzamiento del test de mama y el desarrollo del de pulmón, para el que ya empezaron a recolectar muestras. La meta declarada es ambiciosa: cubrir la enorme mayoría de los tipos de cáncer que afectan a las personas, y hacerlo con un análisis que se integre a la rutina de sangre que cualquier médico pide.

Una posición pública sin eufemismos

Simian sostiene desde hace años que el Estado se equivoca cuando no acompaña a la ciencia ni al surgimiento de empresas de base tecnológica, porque el país pierde la chance de ser líder regional en biotecnología. Lo dijo en distintos gobiernos y con distintos signos políticos, lo que le da coherencia a su reclamo por encima de la coyuntura.

Su argumento no es solo presupuestario. Insiste en que la Argentina ya tiene la materia prima: una escuela científica sólida, liderazgo latinoamericano en ciencias duras y una densidad de investigadores alta para la región. Lo que falta, en su lectura, es el circuito que convierte conocimiento en producto, el mismo que funciona de manera autosustentable en ciudades como Boston.

Cómo trabaja hoy

Reparte los días entre Buenos Aires, La Pedrera (donde después de trabajar hace kitesurf y está con su marido y sus tres hijos) y Estados Unidos, adonde viaja alrededor de dos meses al año a levantar fondos. Es un esquema parecido al que armó de joven, cuando tuvo a sus dos primeros hijos durante el doctorado y sostenía tres jornadas larguísimas de laboratorio por semana, martes, jueves y sábados, acomodando todo lo demás alrededor.

A los científicos jóvenes que quieren emprender les dice dos cosas. Que terminen su formación, porque el doctorado es lo que los prepara para desarrollar una droga o un test sin subestimar la complejidad del laboratorio. Y que busquen un problema real y grande, porque la mayoría de las startups fracasa desarrollando algo que nadie necesita.

Está convencida de que la Argentina va a tener sus unicornios en biotecnología. Su ambición personal, en cambio, la formula de manera más modesta y más difícil: que lo que sale del laboratorio termine llegando a las personas, y ojalá que salga de acá.