Santiago Bibiloni, el software argentino que quiere ordenar a las agencias del mundo

Santiago Bibiloni

Santiago Bibiloni cofundó COR después de detectar, mientras dirigía una agencia, la dificultad de medir en tiempo real la rentabilidad de cada proyecto. Hoy la plataforma tiene clientes en 38 países.

Durante ocho meses pagó los sueldos de su equipo sin cobrar un peso él. La oficina era un depósito sin ventanas en el barrio de Once, y estuvo ahí un año y medio. Tenía veintiuno, veintidós años, nunca había recibido ayuda económica de sus padres y ese primer emprendimiento no era todavía el que le iba a salir bien. Casi veinte años después, la empresa que fundó con dos socios acaba de recibir 30 millones de dólares de un fondo estadounidense que administra más de 10.200 millones, tiene clientes en 38 países y cuenta a Marcos Galperín entre sus accionistas desde el primer día.

El primer proyecto, el que no funcionó

La historia que Bibiloni cuenta cuando le preguntan por sus comienzos no es la de Balloon Group. Es la anterior.

Un depósito en Once, sin ventanas y sin ventilación. Un año y medio ahí adentro. Ocho meses seguidos pagando sueldos y no cobrando él. Ninguna red familiar detrás.

Su resumen de esa etapa es de una sola frase: se fue a remarla al cien por ciento.

Ese proyecto quedó en el camino. Lo que vino después, ya con más oficio, fue Balloon Group, una agencia de marketing enfocada en comercio electrónico que fundó a los 21 años y a la que más tarde se sumó José Gettas como socio. Esa sí funcionó: llegó a tener cuatrocientos clientes en doce países.

La vendieron juntos.

Lo que descubrieron vendiendo horas

El origen de COR no está en una idea de laboratorio sino en una molestia propia.

Manejando una agencia, Bibiloni, Gettas y Gabriel Marin se encontraron con un problema que se repetía todos los meses y que ninguna herramienta del mercado resolvía. Probaron las plataformas de gestión de proyectos más conocidas —las que usa medio mundo— y ninguna les respondía la pregunta que de verdad importaba.

Su diagnóstico, dicho por él con bastante claridad, es que en el negocio de las horas facturables el problema principal no es administrar proyectos. Es saber si cada proyecto deja plata.

Una agencia puede tener la agenda llena, los equipos ocupados y los clientes contentos, y estar perdiendo dinero en tres de cada diez trabajos sin enterarse hasta el cierre del ejercicio. Medir eso en tiempo real, proyecto por proyecto y persona por persona, era lo que faltaba.

Sobre esa carencia armaron COR en 2017, con Marin liderando el desarrollo tecnológico desde el primer día.

Mudarse a la meca

A los 27 años, Bibiloni se mudó a San Francisco con su novia para construir una compañía global. La explicación que dio fue práctica: si el problema que estaban resolviendo era mundial, había que encararlo desde donde se juega ese partido.

No romantizó la decisión. Dijo con todas las letras que competir en Silicon Valley contra empresas gigantes, y siendo latinoamericanos, es súper difícil.

El primer inversor fue Marcos Galperín, que apostó por COR cuando todavía era una startup en etapas iniciales, mucho antes de que la empresa tuviera presencia internacional. Después llegaron los fondos.

En la ronda de 2019, de unos 2 millones de dólares, entró el fondo de Kevin O’Connor, el fundador de DoubleClick —la compañía más grande que compró Google en su historia—, que además se sumó al directorio como codirector. También se incorporó el ex director de operaciones global de Yahoo.

En 2021 levantaron 6 millones más.

Julio de 2026: treinta millones y un cambio de escala

El 28 de julio de 2026, COR anunció una inversión de 30 millones de dólares liderada por FTV Capital, un fondo especializado en software empresarial y tecnología financiera que administra más de 10.200 millones y acumula inversiones en más de 150 compañías tecnológicas.

El anuncio se hizo desde San Francisco y São Paulo.

Los números que la respaldan explican por qué un fondo de ese tamaño se sentó a la mesa: COR cerró 2025 con un crecimiento de ingresos del 51% interanual, rentabilidad y una retención de clientes sólida. No es la combinación habitual en el mundo startup, donde durante años se toleró crecer perdiendo plata.

Hoy la plataforma la usan miles de equipos en 38 países, con clientes como Globant, Publicis Groupe, GUT y Sancho BBDO. Al directorio se sumaron Alex Malvone y Tommy Tighe.

El destino del dinero tiene tres direcciones: acelerar las funcionalidades de inteligencia artificial, entrar en nuevos verticales de servicios profesionales —consultoras, estudios jurídicos y contables— y profundizar la expansión internacional.

La apuesta que define la próxima etapa

El planteo que Bibiloni hizo al anunciar la ronda es el más interesante de todo lo que dijo en años, porque no habla del pasado de la empresa sino del cambio que se viene en su industria.

Su lectura es que durante mucho tiempo el desafío de las compañías de servicios fue coordinar personas. Ahora el desafío pasa a ser coordinar personas y agentes de inteligencia artificial al mismo tiempo, sin perder de vista si cada proyecto sigue siendo rentable.

Sostiene que ese cambio va a redefinir cómo operan las empresas de servicios y que COR está construido para ese escenario. La ambición que expresa es quedarse con el rol de sistema operativo de esa nueva generación de compañías.

Es una apuesta con riesgo, y conviene señalarlo. Si la inteligencia artificial reduce la cantidad de horas que una agencia necesita facturar, el modelo entero de venta por hora entra en revisión. Bibiloni no lo esquiva: su respuesta es que justamente por eso hace falta medir la rentabilidad con más precisión, no con menos.

La parte que no suele contarse

Vale detenerse en el contraste, porque es lo que hace a esta historia distinta de otras del mismo rubro.

Bibiloni no llegó a Silicon Valley desde un posgrado ni desde una aceleradora. Llegó después de un fracaso en el que financió sueldos ajenos con su propio bolsillo vacío, en un lugar sin ventanas, a los veintiún años.

Esa experiencia dejó marcas visibles en cómo construyó la compañía siguiente. COR creció sin quemar capital de manera indiscriminada y llegó a la ronda grande siendo rentable, lo que le dio a los fundadores una posición de negociación que pocas startups latinoamericanas consiguen.

También explica algo de su manera de hablar. Cuando le preguntan por el futuro, suele decir que no pretende morir con una sola empresa, que lleva el gen emprendedor adentro.

Por ahora, sin embargo, la cosa está en una etapa bastante concreta. Un software que empezó resolviendo la frustración de tres socios con su propia agencia terminó midiendo la rentabilidad de miles de equipos en 38 países.

Y el tipo que lo dirige, hace veinte años, ni siquiera podía pagarse el sueldo.