Daniel Grinbank: 50 años de la industria del espectáculo argentino

Daniel Grinbank, productor y empresario del entretenimiento

Daniel Grinbank lleva más de medio siglo vinculado con la música y el entretenimiento argentino. Fundó Rock & Pop, produjo visitas de artistas internacionales y actualmente trabaja en teatro y experiencias inmersivas.

Empezó a moverse en la escena musical argentina a los 15 años y medio siglo después sigue produciendo. Daniel Grinbank fundó la FM Rock & Pop, trajo al país a los Rolling Stones, Madonna, David Bowie, U2, Nirvana y Lady Gaga, representó a Charly García y a Mercedes Sosa, organizó el show gratuito de los Stones en Copacabana ante un millón y medio de personas y hoy produce teatro y exhibiciones inmersivas de realidad virtual. También carga con una fama que él mismo resume sin eufemismos: en el imaginario social, dice, a los productores se los ve como depredadores. Este perfil recorre su recorrido, sus aciertos, los episodios que salieron mal y las decisiones que tomó cuando el negocio chocó con sus convicciones.

Cincuenta años de una industria que él ayudó a inventar

Grinbank nació en Buenos Aires en 1954 y a los 15 años ya circulaba por el rock argentino que empezaba a formarse. Desde entonces atravesó casi todos los formatos posibles del entretenimiento: la producción de recitales, la radio, la televisión, el teatro de texto, los musicales y, en la última etapa, las muestras inmersivas. Su editorial lo describe como una figura clave del entramado cultural argentino del último medio siglo, y la comparación que circula entre periodistas especializados lo pone junto a Tito Lectoure como uno de los dos hombres que más hicieron por el espectáculo argentino en la segunda mitad del siglo XX.

Hay un dato familiar que explica parte del camino: es sobrino de Herb Cohen, mánager en los años sesenta y setenta de artistas como Frank Zappa y Alice Cooper en California. La conexión con la industria estaba antes de que empezara.

Los cuatro momentos que él mismo elige

Cuando le piden que enumere sus mejores jugadas, Grinbank se toma una licencia y nombra más de tres.

El primero es traer a Mercedes Sosa en 1982, después del exilio. El segundo, el Festival de Amnistía Internacional de 1988, por el cuarenta aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, con Peter Gabriel, Sting y Bruce Springsteen y transmisión mundial. El tercero abarca todas las visitas de los Rolling Stones, con mención especial para 1998, cuando la banda compartió escenario con Bob Dylan. La licencia que se toma es la cuarta: el desembarco en las exhibiciones inmersivas, un terreno que descubrió tarde y que le está devolviendo entusiasmo.

A esa lista suma dos capítulos que no entran en la cuenta de shows: la Rock & Pop y el teatro. En 2001 empezó a producir musicales de Broadway, y recuerda como una satisfacción particular haber presentado La Bella y la Bestia en el Ópera.

Copacabana 2006: la producción más grande de su carrera

El episodio que él mismo señala como el mayor desafío logístico de su vida ocurrió en Río de Janeiro. Las autoridades de la ciudad querían un evento que instalara la imagen de un destino seguro y frenara el daño que las noticias sobre inseguridad le hacían al turismo. Grinbank y su socio brasileño Luiz Niemeyer armaron un show gratuito de los Rolling Stones en la playa de Copacabana, financiado por las cámaras hotelera, gastronómica y empresarias locales, que apostaban al retorno turístico.

El proyecto casi se cae por los números: la logística, con cuatro aviones de carga DC10, daba pérdida. El equipo rediseñó el escenario para hacerlo viable y consiguió aprobación de la banda. La seguridad se resolvió con un trabajo territorial en las favelas encabezado por la funcionaria Ana Maria Maia, que negoció espacios para los puestos locales y desactivó posibles enfrentamientos. Hubo corredores para ambulancias, un operativo de tránsito de escala nacional y hasta estacionamientos acuáticos coordinados con la Prefectura para las embarcaciones que se acomodaron a los costados. El 18 de febrero de 2006 tocaron ante más de un millón y medio de personas, sin un solo incidente.

Dos días después empezaban los shows en River, y ahí la comparación fue dura. Un grupo vinculado a la reventa forzó uno de los vallados y desató desmanes sobre Avenida del Libertador que terminaron con vidrieras rotas y unos 250.000 dólares en indemnizaciones que ninguna aseguradora cubría a esa distancia del estadio. Grinbank suele contrastar las dos escenas: un millón y medio de personas en paz de un lado, unos quinientos provocadores del otro.

Las controversias, contadas por él mismo

Su vínculo con Charly García es el caso más citado. Fue su representante y la relación terminó mal, con el músico pintando graffitis en su oficina y llamándolo mercenario. Grinbank no esquiva el episodio; de hecho, el título de su autobiografía, Te amo, te odio, dame más, sale de “Peperina”, el tema de Serú Girán. Pese a la ruptura, sigue definiendo a García como un transformador cultural, una valoración que sostiene sin relación personal de por medio.

El fracaso que más le pesa es el recital de Depeche Mode en La Plata: se descompuso el rack de efectos de las pantallas y el equipo técnico de la banda intentó repararlo en vez de pasar a un circuito cerrado, la salida rápida que había disponible. Las pantallas no funcionaron, el público se enojó y, como el espectador no distingue las jurisdicciones internas de una producción, la culpa recayó sobre el productor. Él lo asume: cuando algo sale mal, queda como el malo de la película.

También hubo un momento de crisis en la radio. Alrededor de 1985, seis o siete años después de arrancar, entendió que la programación de Rock & Pop se estaba repitiendo y la levantó entera. Fue una decisión impopular que lo dejó, según sus palabras, como el peor depredador del ambiente. El único conductor que se mantuvo fue Mario Pergolini, a quien le explicó que se trataba de una transición. La reformulación posterior funcionó, y décadas después Pergolini le dijo públicamente que le había cambiado la vida, un reconocimiento que Grinbank recibió emocionado. En su libro también cuenta el dilema de haber cedido parte de la radio al grupo mexicano CIE, uno de los pasajes más comentados por sus lectores.

La autobiografía tuvo sus propias objeciones. La crítica valoró el anecdotario, difícil de igualar, pero señaló errores de datos y un trabajo de edición que dejó demasiado cerca el registro oral del escrito. Es una discusión sobre la forma, no sobre el contenido: el libro sigue siendo la puerta de entrada más completa a esa historia.

Dos veces dijo que no, y perdió plata

Hay decisiones que Grinbank presenta como límites personales antes que comerciales. Tenía la exclusividad del estadio de River cuando llegó la posibilidad de producir a Michael Jackson y decidió no hacerlo: consideraba serias las denuncias de abuso que pesaban sobre el artista. Cedió el estadio a un tercero y se corrió del negocio.

El segundo caso fue Roger Waters, de quien era el productor histórico en la Argentina. Cuando el músico se manifestó a favor de Putin tras la invasión a Ucrania, Grinbank le pidió a su equipo que buscara otro productor. La distancia se profundizó después, cuando Waters negó el 7 de octubre. Su argumento es sencillo: no puede trabajar con alguien cuyas declaraciones le revuelven el estómago, y aclara que un mal no justifica otro.

Del rock al ticket de una muestra inmersiva

La reconversión más reciente empezó con Imagine Van Gogh, que llevó más de 350.000 espectadores a La Rural, una cifra que él mismo admite que no habría imaginado. Siguieron una muestra dedicada a Banksy y, más adelante, El Horizonte de Keops y Art Masters, dos experiencias de realidad virtual que reconstruyen el Egipto de los faraones y cinco obras del Museo del Prado. En paralelo produce Escenas de la vida conyugal, con Andrea Pietra y Ricardo Darín, la primera vez que trabaja con su pareja en ese rol.

Su lectura del negocio actual mezcla oficio y sociología. Atribuye el boom de recitales masivos al efecto pospandemia sumado al crecimiento del consumo digital: más streaming genera más ganas de música en vivo. Suma la aparición de nuevos escenarios, como el Movistar Arena y la reapertura de River, y la irrupción de una generación formada en el trap que creció escuchando sin poder ir a ver a nadie.

También sostiene una preocupación menos obvia para alguien de su rubro: pide a su equipo que se salga deliberadamente de los algoritmos. Su argumento es que las plataformas terminan conociendo los gustos del usuario mejor que el propio usuario, y que el trabajo del productor consiste justamente en buscar en los nichos que el sistema no ilumina.

Un empresario que opina en voz alta

Grinbank no se guarda posiciones políticas y eso le trajo costos. Salió a defender a Lali Espósito cuando el presidente Javier Milei la atacó públicamente, y planteó el asunto como un problema de fondo: un jefe de Estado que intenta recortar la libertad de expresión de una ciudadana. Su tesis sobre las industrias culturales es económica antes que ideológica: sostiene que la cultura derrama sobre hotelería, gastronomía, turismo y comercio, y cita ejemplos concretos, desde el teatro New Amsterdam que Rudy Giuliani le cedió a Disney para reconvertir la Calle 42 hasta los incentivos que llevaron los Grammy Latinos a Sevilla.

Al mismo tiempo, evita quedar encasillado. Critica el funcionamiento del INCAA sin proponer su cierre, cuestiona a las sociedades de gestión colectiva por sus estructuras y sus costos, y reparte reproches al gobierno anterior con la misma soltura. Aclara que prescinde de la pauta oficial por decisión propia. Su definición más repetida: el mercado no funciona en ningún lado como se lo plantea en la Argentina, y las soluciones suelen estar en el medio, no en los extremos de la grieta.

El ambientalismo es su otra militancia activa. Advirtió públicamente sobre los cambios propuestos a la ley de glaciares y a la ley de fuego, y avisó que iba a pelear con más fuerza ahí que en cualquier otra discusión, incluso a riesgo de perder un sponsor.

Lo que queda

A los 71 años sigue trabajando por una razón que repite sin adornos: ama lo que hace y siempre pudo dedicarse a lo que le gusta. Se define como alguien que vive apelando a una gran dosis de libertad, un término que, dice, últimamente se bastardeó. Compra sus propias entradas cuando quiere ver a alguien —ya se hizo de las de Rosalía—, comparte playlist de Spotify con su hija de 15 años y admite que entre los dos acumularon noventa días de música en un solo año.

De las viejas peleas queda el título de un libro. De la carrera queda una industria que, en buena medida, se armó sobre lo que él fue probando primero.