Cincuenta dólares por semana y un papel eterno: Ellen Greene y La tiendita del horror
Ellen Greene creó a Audrey en la producción teatral original de Little Shop of Horrors y volvió a interpretarla en la película de 1986. En 2026 celebra los 40 años del film con una gira por Estados Unidos.
Escuchó por primera vez la canción que la haría famosa mientras hacía la cola del seguro de desempleo. Cobró cincuenta dólares por semana durante los ensayos. Casi le sacan el papel en la película por no ser lo bastante conocida. Cuatro décadas más tarde, a los 75 años, recorre Estados Unidos cantando esa misma canción ante salas llenas.
De los clubes nocturnos al Public Theater
Ellen Greene nació en Brooklyn en 1951, hija de una orientadora escolar y un odontólogo, y se crió en Long Island. Pasó los veranos en campamentos donde hacía musicales; a los quince ya interpretaba a Tzeitel en una producción de El violinista en el tejado. Estudió en Rider University, en Nueva Jersey, pero su verdadera formación fue nocturna: se hizo cantante en clubes neoyorquinos como Reno Sweeney y Grand Finale, donde acumuló elogios de críticos y armó un repertorio que iba de Kurt Weill a Peter Allen, con quien se hizo amiga.
Ese trabajo de cabaret le abrió la puerta grande. A los 21, Joseph Papp —fundador del Public Theater— la tomó bajo su protección y la puso en In the Boom Boom Room. Ella describió después aquel lugar como un taller de artistas tan lleno de gente talentosa que el talento dejaba de ser un mérito. Las críticas de esa obra llegaron a Paul Mazursky, que le dio su primer protagónico en cine, Next Stop, Greenwich Village.
Después vino Jenny en The Threepenny Opera, en el Vivian Beaumont del Lincoln Center: un papel creado originalmente por Lotte Lenya, que a Greene le valió una nominación al Tony en 1977 como actriz de reparto en musical.
La canción escuchada en la cola del desempleo
En el WPA Theatre conoció a Howard Ashman y a Alan Menken. De esa relación salió Audrey, la empleada de la florería de Skid Row que canta sobre querer una vida mejor.
El origen del papel tiene un detalle que resume su carrera entera. Greene escuchó “Somewhere That’s Green” por primera vez mientras esperaba en la fila para cobrar el seguro de desempleo, y la cantó bajito ahí mismo. Dice que supo en ese momento que tenía una Audrey adentro esperando nacer. Fue con esa certeza a la audición, donde Menken se sentó al piano y Ashman —que ya era su gran amigo— miraba. Cuando terminó, todos lloraban.
La voz vino sola. Ese registro entrecortado, agudo, ceceante y muy neoyorquino que convirtió al personaje en un ícono instantáneo no estaba planificado: salió en el momento y se quedó. Ella misma admite que no sabe de dónde salió la mitad de esas cosas.
El éxito no se tradujo en plata. Durante el mes de ensayos y los dos meses de funciones fuera de Broadway cobró cincuenta dólares semanales. Pero la obra pegó: una noche fue a verla Steve Martin acompañado por Mary Tyler Moore. Martin terminaría interpretando al dentista sádico en la versión cinematográfica.
Tres tropiezos que terminaron bien
En una trayectoria de más de cincuenta años, los episodios más discutidos alrededor de Greene no son escándalos sino decisiones de la industria que le jugaron en contra y que el tiempo corrigió.
Casi no está en la película. La producción del film fue larga y accidentada: primero iba a dirigirlo John Landis, después brevemente Martin Scorsese, hasta que quedó en manos de Frank Oz. Su participación nunca estuvo garantizada. El productor David Geffen quería un nombre más taquillero en pantalla, y sonaba Cyndi Lauper. Greene reconoce sin vueltas que nunca pensó que le iban a dar el papel. Se lo dieron, y hoy resulta imposible imaginar a otra persona haciéndolo.
El final que el público cambió. La versión rodada originalmente respetaba el desenlace trágico del teatro, con Audrey muerta. Las proyecciones de prueba lo rechazaron de plano: el público se había encariñado tanto con ella que no toleró verla morir. Se filmó un final feliz. La ironía es que Greene prefería el otro: dice que le encanta esa escena de muerte. Su explicación de por qué el público reaccionó distinto es de una precisión de actriz veterana: Oz había dirigido a la Audrey del cine con un tono más heroico, le había sacado los remates más cómicos, y una frase que en el teatro se decía al público en la película se le dice a Seymour, lo que la vuelve íntima y real en lugar de graciosa. Hoy ella está en paz con el asunto por una razón muy simple: existen las dos versiones, porque el final original quedó preservado en el corte del director.
Volver a Audrey a los 64. En 2015 retomó el papel en una versión concierto con Jake Gyllenhaal como Seymour. Ella tenía 64 años; él, 34. La elección llamó la atención porque llegaba poco después de que Maggie Gyllenhaal contara públicamente que la habían rechazado para un papel por ser, a los 37, demasiado mayor para interpretar el interés amoroso de un actor de 55. Que Greene volviera a ese rol en esas condiciones, con tres funciones agotadas, funcionó como una respuesta sin discurso a un debate que la industria estaba dando a los gritos.
También conviene señalar la otra frustración de su carrera: Pushing Daisies, la serie de ABC donde interpretó a Vivian Charles, fue muy celebrada por la crítica y aun así se cortó después de dos temporadas. Su público la sigue reivindicando casi veinte años después.
Una carrera que no cabe en un solo papel
Reducirla a Audrey sería injusto con el resto. Greene hizo cine con directores muy distintos entre sí: fue la esposa del personaje de Eric Bogosian en Talk Radio de Oliver Stone, apareció en Pump Up the Volume y en Léon, de Luc Besson. Puso la voz de Goldie en Rock-a-Doodle. En televisión pasó por Miami Vice, Law & Order, The X-Files, Cybill, Heroes y la telenovela The Young and the Restless. En 2009 fue Miss Adelaide en una versión concierto de Guys and Dolls en el Hollywood Bowl, junto a Scott Bakula, Brian Stokes Mitchell y Jessica Biel. En 2004 publicó su disco In His Eyes, acompañada por su entonces marido y director musical, Christian Klikovits.
Guardiana de una llama
La parte más conmovedora de su historia no tiene que ver con premios sino con lealtad. Howard Ashman murió en 1991 por complicaciones vinculadas al sida, mientras trabajaba en Aladdin. Greene sostiene que cada vez que alguien monta Little Shop, o una chica interpreta a Audrey en el musical de su secundaria, Howard sigue vivo. Ella misma se define como la encargada de mantener esa llama encendida.
La amistad tenía anécdotas de otra época. Ashman la llevó a París por primera vez y, apenas llegaron al hotel, le preparó un baño de espuma con champán, caviar y Piaf de fondo, porque sabía que a ella le gustaban los baños de inmersión. Y hubo un gesto que ella no supo hasta después: cuando se firmaron los contratos de la producción teatral, mientras Greene solo se preocupaba por que la cláusula incluyera Londres, Ashman le había asignado sin avisarle medio punto de las ganancias, con el argumento de que ella había creado a Audrey.
Todavía cantando
En agosto de 2026, a los 75 años, Greene arrancó una gira de proyecciones por el cuadragésimo aniversario de la película, con paradas que van de Seattle a Atlanta y una fecha en el Emerson Colonial Theatre de Boston el 28 de agosto. En cada función canta “Somewhere That’s Green”.
Su lectura de por qué esa historia no envejece es desarmante en su sencillez: dice que todos quieren a Audrey porque ella la quiso primero, y que la película sigue viva porque se hizo con mucho amor. Después agrega la parte que explica la gira, la insistencia y el hecho de que a los 75 años siga metiéndose en la voz de una chica de Skid Row: mientras el público mantenga viva a Audrey, mantiene vivo a Howard.