Mariano Wechsler: el ingeniero que se propuso enseñarle a programar a un país entero

Mariano Wechsler y la formación del talento tecnológico argentino

Mariano Wechsler dedicó décadas a la enseñanza de programación y luego cofundó Digital House y Teamcubation, dos proyectos orientados a formar profesionales y equipos para la economía digital.

Dio clases de programación durante veintisiete años antes de que la palabra “edtech” existiera en la Argentina. Después cofundó Digital House, una de las escuelas que más gente formó en habilidades digitales en la región, montó una software factory, creó una plataforma para entrenar desarrolladores y terminó sentado en el directorio de un banco. Mariano Wechsler se define nerd y apasionado por la tecnología, y hace décadas repite la misma idea: todo el mundo tendría que aprender a programar. Este perfil recorre esa trayectoria, sus números y los debates que despierta lo que propone.

Mariano Wechsler: el ingeniero que se propuso enseñarle a programar a un país entero

Dio clases de programación durante veintisiete años antes de que la palabra “edtech” existiera en la Argentina. Después cofundó Digital House, una de las escuelas que más gente formó en habilidades digitales en la región, montó una software factory, creó una plataforma para entrenar desarrolladores y terminó sentado en el directorio de un banco. Mariano Wechsler se define nerd y apasionado por la tecnología, y hace décadas repite la misma idea: todo el mundo tendría que aprender a programar. Este perfil recorre esa trayectoria, sus números y los debates que despierta lo que propone.

Veintisiete años frente al pizarrón

Antes de cualquier ronda de inversión hubo un aula. Wechsler se recibió de Ingeniero en Sistemas de la Información en la UTN y dio clases de programación en ORT Argentina durante veintisiete años, una institución de la que hoy integra la comisión directiva. Ese detalle explica bastante de su carrera posterior: casi todo lo que fundó después tiene forma de escuela, aunque a veces se llame empresa.

Su primer proyecto de peso fue Digbang, una compañía de desarrollo de software para negocios digitales. Ahí trabajó el otro costado del problema, el de las organizaciones que necesitaban construir productos y no encontraban ni el talento ni la cultura para hacerlo.

Digital House, de ochenta alumnos a seis cifras

En 2015 cofundó Digital House junto a Nelson Duboscq y Eduardo Akhzar, con la idea de formar perfiles tecnológicos con método intensivo y práctico. La primera camada tuvo ochenta alumnos. Siete años después la escuela ya recibía alrededor de treinta mil por año y acumulaba más de ciento treinta mil personas pasadas por sus cursos, con operación regionalizada.

El proyecto llamó la atención de jugadores grandes. En 2021 levantó más de cincuenta millones de dólares en una ronda que tuvo algo inusual: los que pusieron el dinero no fueron solo fondos, sino dos compañías tecnológicas argentinas, Mercado Libre y Globant, acompañadas por Riverwood Capital y Kaszek. Con eso, el financiamiento total superó los ochenta millones. De esa alianza salió el programa Certified Tech Developer, pensado para formar desarrolladores con los estándares de las propias empresas que después los contratan.

Wechsler sigue siendo socio, aunque él mismo aclaró que ya no está en la operación diaria de la compañía.

Teamcubation, el banco y la universidad

Hoy su rol ejecutivo principal es como CEO y cofundador de Teamcubation, orientada al entrenamiento y la conformación de equipos de desarrollo. En paralelo ocupa un asiento como Director Titular Independiente en Santander Argentina, desde donde participa de la transformación de una organización con millones de transacciones diarias, y codirige la Licenciatura en Negocios Digitales de la Universidad de San Andrés.

Ese triángulo —empresa, banco, universidad— es coherente con su tesis. Sostiene que transformar una institución tradicional es un desafío más interesante que sumarse a una compañía que ya nació digital, porque la escala y la cantidad de usuarios permiten mejorarle la vida a mucha más gente.

La metáfora del río

Cuando explica la digitalización recurre a una imagen propia: la humanidad venía caminando por tierra firme, se encontró con un río y del otro lado había territorio virgen. Algunos cruzaron y empezaron a construir; falta ocupar casi todo lo demás. Su lectura es que no estamos ni cerca de lo que viene.

Lo interesante es el corolario. Para él, el error de las últimas décadas no fue cruzar sino no acompañar a la gente en el cruce, porque no todos saben nadar. Se niega a leerlo como una grieta: prefiere hablar de una oportunidad, con la advertencia de que lo que hoy funciona probablemente deje de servir más adelante.

De ahí se desprende su definición más repetida: la transformación digital no es tecnológica sino cultural, y pasa por poner al usuario en el centro. Como corolario práctico, insiste en que las organizaciones tienen que permitir que la gente se equivoque, porque si nadie puede errar, nadie experimenta y todos trabajan para no ser echados.

Los puntos que se le discuten, y su respuesta

Su agenda no está libre de objeciones, y él las suele tomar de frente en lugar de esquivarlas.

La primera es la más ruidosa: si la inteligencia artificial destruye empleo. No lo niega. Reconoce que va a reemplazar tareas humanas y que hay puestos que dejarán de existir, y agrega que es imposible frenarlo porque el software ya corre en millones de computadoras del mundo. Su matiz es doble. Por un lado, admite espacio para la regulación del ritmo. Por el otro, sostiene que la tecnología va a complementar y amplificar a las personas, y recuerda que en los años ochenta la llegada de las PC generó el mismo temor. Su ejemplo favorito es el del diseñador de experiencia de usuario, un puesto que hace años no existía y hoy emplea a miles.

La segunda objeción viene del mundo educativo: si los formatos intensivos alcanzan para transformar la educación de un país. Su respuesta es sorprendentemente autocrítica para alguien del sector. Dice que está bien que aparezcan escuelas como Digital House, pero que, mirado en el océano de la gente que se educa, es muy poca gente en proporción. De ahí su reclamo al Estado: que en lugar de debatir tanto se ocupe de que lo que los chicos aprenden en la escuela les sirva de verdad, y que las habilidades digitales estén presentes en todos los niveles.

La tercera es sobre el costado oscuro de la tecnología que promueve. Ahí también concede: dice ver como negativo el nivel de uso de pantallas, y apunta menos a la tecnología en sí que a las prácticas de compañías diseñadas para que uno necesite el teléfono.

Qué busca en la gente que contrata

Su perfil ideal no es el del que sabe todo, sino el del que tiene ganas de aprender permanentemente y no cree que ya llegó. Pide, además, que un programador no se quede en programar y se involucre en el producto y en lo que la empresa está construyendo. Consultado por las posiciones más demandadas, enumera un espectro amplio y creciente: DevOps, seguridad informática, data science, product management y marketing digital.

Fuera del trabajo, se declara fanático de la ciencia ficción y de la parrilla. Una combinación bastante argentina para alguien que hace treinta años viene contando cómo es la otra orilla del río.