La doble vida de Dita Von Teese: artista de culto y empresaria del glamour 

Dita Von Teese: el burlesque como arte y negocio.

Dita Von Teese construyó una carrera internacional en el burlesque y extendió su actividad a la lencería, los perfumes y los libros.

Dita Von Teese convirtió un género que agonizaba desde los años cincuenta en un espectáculo que llena teatros en tres continentes. Nacida Heather Renée Sweet en un pueblo de Michigan, la bailarina clásica que trabajaba en una lencería a los 15 años se transformó en la Reina del Burlesque: la artista que baila dentro de una copa de Martini gigante, la primera invitada del Crazy Horse de París y una empresaria con líneas de lencería, perfumes y libros best seller. Este perfil recorre su trayectoria, sus logros y las controversias que atravesó sin despeinar el flequillo.

Una bailarina de Michigan con nombre de cine mudo

La historia empieza en Rochester, Michigan, el 28 de septiembre de 1972. Heather Renée Sweet se formó en ballet clásico desde chica y a los 13 ya bailaba como solista en una compañía local. En la adolescencia la familia se mudó a Orange County, California, donde pasaron dos cosas que definieron todo: a los 15 empezó a trabajar en una tienda de lencería, donde se fascinó con las prendas de otra época, y en la universidad estudió vestuario histórico. A los 18 se tatuó el lunar en la mejilla izquierda que se volvió su firma —quería una estrella, pero en el local se negaron— y a los 19 pisó por primera vez un club de striptease. En 1992 debutó en el burlesque con una propuesta a contramano: número de época, corset, guantes largos y la estética de las pin-ups de los cuarenta en pleno auge del neon y la lycra.

El nombre llegó por partes. Dita es un tributo a Dita Parlo, actriz del cine mudo. El apellido lo eligió de una guía telefónica para su portada de Playboy de diciembre de 2002: ella había pedido “Von Treese”, la revista lo imprimió mal como “Von Teese”, y el error quedó para siempre.

La reina que revivió un género

A Von Teese se le atribuye la repopularización del burlesque moderno, y la evidencia son sus números convertidos en clásicos: la copa de Martini gigante, el fumadero de opio, el baño negro, el cisne negro y la copa de champagne recorrieron el mundo en giras como Strip Strip Hooray, The Art of the Teese y Glamonatrix, que arrancó en 2019, sobrevivió a la pandemia y siguió por Europa, Reino Unido y Estados Unidos entre 2022 y 2023. En octubre de 2006 fue la primera artista invitada en la historia del Crazy Horse de París, el templo del cabaret francés.

Sobre el escenario construyó una empresa. Lanzó la línea de lencería Von Follies en 2012, diseñó para Wonderbra, firmó cuatro perfumes entre 2011 y 2013, sacó una colección de maquillaje con Art Deco y hasta vistió el primer vestido impreso en 3D junto a Michael Schmidt y Francis Bitonti. Publicó dos libros por HarperCollins —Burlesque and the Art of the Teese (2006) y la guía de belleza Your Beauty Mark (2015)— y la cultura pop se la disputa: bailó en el video de “Bejeweled” de Taylor Swift en 2022, pasó por Don’t Worry Darling, fue jurado de RuPaul’s Drag Race y en 2024 apareció en Queer Eye en un episodio dedicado a una ex corista. Vanity Fair la bautizó “superheroína del burlesque”.

Un divorcio con clase y un oficio reivindicado

Su capítulo más expuesto fue el matrimonio con Marilyn Manson. Se conocieron cuando él la convocó para un video, empezaron a salir el 31 de enero de 2001 y se casaron a fines de 2005, con una segunda ceremonia en un castillo irlandés y vestido púrpura de Vivienne Westwood. El 29 de diciembre de 2006 ella pidió el divorcio por diferencias irreconciliables, y lo resolvió con un gesto que habla de su carácter: no reclamó pensión ni parte de los bienes. Salió de ese capítulo con la agenda llena de shows y la marca intacta, y nunca convirtió el tema en materia prima de su figura pública.

La otra polémica la acompaña desde 1992 y la ganó por insistencia: que lo suyo no era arte. Von Teese respondió con teatros llenos, con la curaduría obsesiva de un vestuario que diseña sin estilista, con una cintura entrenada en corset que es parte de su disciplina escénica y con la defensa del burlesque como celebración del glamour hecho a mano —ella misma se tiñe el pelo y se maquilla—. Donde los críticos veían provocación, ella construyó patrimonio: una casa Tudor en Hollywood Hills llena de porcelana vintage, los zapatos de Bettie Page y un género entero que volvió a existir porque alguien lo trató con seriedad de archivo.