Cinco años en cartel y veinte países: la historia de Claudio Tolcachir
Claudio Tolcachir convirtió un pequeño espacio teatral de Boedo en Timbre 4 y llevó sus obras a escenarios de más de veinte países.
Montó su primer teatro en el departamento de al lado de su casa, en plena crisis de 2001. De ahí salió una obra sobre una familia disfuncional que estuvo cinco años en cartel y terminó girando por más de veinte países. Hoy dirige en el Centro Dramático Nacional de Madrid, en teatros comerciales de Buenos Aires y en su propia sala de Boedo, sin que ninguna de las tres cosas le parezca contradictoria.
Asistente de dirección a los dieciséis
La formación de Tolcachir empezó temprano y con una maestra que le marcó algo más que el oficio. Pasó por el Instituto Labardén y por Andamio 90, la escuela que fundó Alejandra Boero, figura central del teatro independiente argentino desde los años sesenta. Fue su asistente de dirección a los dieciséis años, cuando la escuela abrió sus puertas.
De ella dice haber aprendido menos técnica que una posición ante el mundo: una pasión desmedida por convencer, por pelear los derechos de los actores, por abrir teatros. Ahí, según su propia lectura, agarró la militancia de la autogestión que después definiría todo lo que hizo. Más tarde se formó con Juan Carlos Gené y Verónica Oddó, y trabajó como actor en el circuito independiente y en el comercial. En 1994 se llevó el Premio Clarín como actor revelación por Lisístrata.
El departamento de al lado
Timbre 4 nació sin plan de negocios y casi por descarte. Durante la crisis que arrasó la Argentina a comienzos de siglo, Tolcachir armó un espacio en un departamento vecino al suyo para dar clases y ensayar. Él mismo aclara que quería dar clases, escribir y dirigir, y que no quería tener un teatro. Lo tuvo igual.
Ahí estrenó en 2002 Jamón del diablo, una versión libre de 300 millones de Roberto Arlt que anduvo bien de crítica y de público. Pero lo que cambió su vida fue La omisión de la familia Coleman, en 2005. La obra —de la que también es autor— salió de meses de improvisaciones y reescrituras con los actores de su compañía, se estrenó casi sin promoción y se sostuvo cinco años en cartel gracias al boca a boca. En 2007 empezó a ser invitada a festivales internacionales, y a partir de ahí el nombre Tolcachir dejó de ser un asunto porteño.
Siguieron Tercer cuerpo, sobre la vida cotidiana de unos empleados de una oficina pública, y El viento en un violín, que se estrenó en Francia antes que en Argentina. Las tres obras siguieron girando durante años.
Un director que no le hace asco a nada
La otra mitad de su carrera es la dirección de textos ajenos, y ahí el catálogo desconcierta a cualquiera que espere coherencia de escuela. Dirigió Agosto. Condado de Osage de Tracy Letts con Norma Aleandro, Todos eran mis hijos de Arthur Miller en el Teatro Español de Madrid, Buena gente de Lindsay-Abaire, La mentira de Florian Zeller en el Teatro Maravillas. Y también dos musicales de escala industrial: Sunset Boulevard en el Maipo, en 2018, y Cabaret en el Liceo, en 2019.
Ese recorrido incluye a Mercedes Morán, con quien trabajó varias veces y a la que considera familia, y a Imanol Arias, con quien se reencontró décadas después de haber filmado juntos. En España dirigió La guerra de nuestros antepasados de Miguel Delibes en Zaragoza y Camino a la Meca con Lola Herrera. En Buenos Aires sostiene desde 2013 el festival TABA, que trae compañías francesas, catalanas y de otros países a su sala de Boedo.
Los de ahí: volver a escribir después de siete años
En enero de 2025 estrenó en el Teatro María Guerrero, sede del Centro Dramático Nacional español, Los de ahí: repartidores en bicicleta que esperan, día tras día, que una máquina les asigne trabajo en un país que no es el suyo. La obra no nombra nunca la palabra inmigración, y el lugar donde transcurre no se identifica. El único ancla concreta es el idioma: se habla finés, y una de las actrices estuvo meses estudiándolo.
Tolcachir venía de siete años sin escribir, coincidiendo con el nacimiento de sus hijos. Admite que la escritura le cuesta, que la padece, y que necesitó una fecha y una sala asignadas con tres años de anticipación para obligarse. La idea le llegó de una imagen doméstica: los chicos en bicicleta esperando a la vuelta de su casa en Buenos Aires. Le interesan, dice, las comunidades más que las historias, y sobre todo esa convivencia forzada con gente que uno no eligió.
Debates, fricciones y una película que salió mal
En una carrera de treinta años sin escándalos, lo que Tolcachir sí acumuló son discusiones. Vale la pena repasarlas, porque las tres lo muestran entero.
El choque con la política cultural. En 2024 se convirtió en una de las voces del sector que enfrentó públicamente al Gobierno nacional por el ajuste sobre la cultura. Sostuvo que el oficialismo percibe a la cultura como un enemigo y que el ajuste hace inviable el trabajo de las salas. Fue explícito en marcar un límite: aclaró que no comparaba a ese gobierno con la última dictadura, aunque señaló que había elegido los mismos interlocutores incómodos. Su posición fue leída como partidaria por sus críticos y como defensa gremial por quienes trabajan en el rubro; él la argumentó desde la economía concreta de una sala que necesita gente con plata en el bolsillo para abrir sus puertas. Es un debate abierto, y su valor está en que lo dio con nombre y apellido en lugar de esquivarlo.
Independiente y comercial a la vez. Que el referente del teatro independiente porteño dirija musicales de Andrew Lloyd Webber en salas comerciales es, para cierta mirada purista, una inconsistencia. Su respuesta no es defensiva sino programática: dice que le gusta el teatro que está bien hecho, sin distinción de género, y que le parece un plomazo la costumbre de dividir entre lo que es teatro y lo que no. Cuenta que si hubiera dirigido toda su vida solamente lo que le sale naturalmente se habría aburrido, y que enfrentarse a una comedia musical es un problema técnico tan legítimo como cualquier otro. En Timbre 4, aclara, no hay desprecio por ninguna poética.
El debut en cine que no funcionó. En 1997 protagonizó Buenos Aires me mata, una coproducción argentino-española que crítica y público trataron con dureza. Tardó diez años en volver a un protagónico. Lo interesante es lo que rescató de ese traspié: recuerda la generosidad de Imanol Arias, que en aquel rodaje le enseñó secretos de cámara a un pibe de veinte años. Casi tres décadas más tarde lo dirigió en Mejor no decirlo. Su regreso al cine llegó con Mentiras piadosas, basada en cuentos de Cortázar, que fue invitada a más de treinta festivales.
También le tocó pelear por la supervivencia material del sector. Durante la pandemia fue una de las voces que advirtió públicamente que reabrir con aforos mínimos era económicamente inviable para las salas independientes, y calificó de heroico el esfuerzo que estaban haciendo para no cerrar.
Los premios, y lo que no miden
La Fundación Konex lo distinguió tres veces: Diploma al Mérito en 2011 como uno de los mejores directores de la década, otro en 2014 en la disciplina de teatro dentro de Letras, y el Konex de Platino en 2021 como mejor director de teatro de su década. En 2012 la Legislatura porteña lo declaró Personalidad Destacada de la Cultura. Sumó además premios ACE, María Guerrero, Teatro del Mundo, Clarín, el Max en España y el Ubu en Italia.
Nada de eso mide lo que él señala como su verdadera escuela. Cuando le preguntan por sus maestros, después de Boero y de Aleandro nombra a sus compañeros de Timbre 4 —Lautaro Perotti, Tamara Kiper, Diego Faturos, Inda Lavalle— porque aprendió con ellos codo a codo y porque, dice, lo ayudaron a crecer sano, a no volverse triste ni soberbio. Y arriba de todos ubica a su madre, científica, a la que describe como la persona más libre y más curiosa que conoció.
Su definición del oficio es igual de terrenal. Le interesa que en el escenario haya vida y no formalidad, que no haya lección ni discurso, y que si hay trascendencia esté tapada. Le molesta ver la intención: la de emocionar, la de hacer reír, la de educar. Sostiene que pretender que un personaje sea coherente es aniquilarlo, porque las personas no somos coherentes sino contradictorias. Ahí está, probablemente, la explicación de por qué su teatro funciona en Boedo, en Madrid y en Aviñón sin cambiar de idioma emocional.