Verónica Lassalle: la química de Bahía Blanca que fabrica nanopartículas para curar y para limpiar
Verónica Lassalle dirige investigaciones sobre nanopartículas capaces de transportar fármacos, remover arsénico del agua y mejorar productos de protección personal.
Hay un material que aparece en casi todo lo que hace: la magnetita. Es barata, no es tóxica, el cuerpo la tolera y obedece a un imán, lo que permite empujarla hacia un tumor o retirarla de un tanque de agua cuando termina su tarea. Sobre ese punto de partida Verónica Lassalle construyó veinte años de trabajo en Bahía Blanca, con una regla que repite en cada entrevista: los materiales tienen que ser accesibles, porque un desarrollo caro no llega a nadie.
Del laboratorio de polímeros a las partículas que se mueven con un imán
Se doctoró en Química en la Universidad Nacional del Sur en 2006, con estudios de posgrado en la Planta Piloto de Ingeniería Química (PLAPIQUI, UNS-CONICET) dedicados a tecnología de polímeros. Siguió ahí mismo dos años más, en el área de catálisis, con una investigación sobre síntesis enzimática de polímeros biodegradables.
Su vínculo con el CONICET arrancó antes, en 2001, cuando era becaria. En abril de 2008 ingresó a la carrera de investigador como asistente, ya en el Instituto de Química del Sur, y desde noviembre de 2017 reviste como investigadora independiente. Desde 2011 dirige NanoHiAp, el grupo de Nanomateriales Híbridos Aplicados, e integra el Consejo Directivo del instituto. Da clases en el Departamento de Química de la UNS y prestó servicios de consultoría en la Universidad Peruana Cayetano Heredia, en Lima.
Dos frentes: el agua y el cuerpo
La línea de NanoHiAp se apoya en nanosistemas magnéticos y materiales híbridos que combinan polímeros con componentes inorgánicos. Las aplicaciones van por dos carriles que rara vez comparten laboratorio.
Uno es ambiental: partículas de magnetita capaces de capturar arsénico en aguas subterráneas y ser recuperadas después con un imán, lo que permite reutilizarlas en lugar de descartarlas.
El otro es biomédico. Su grupo trabajó nanopartículas de óxido de hierro recubiertas con polietilenglicol, sílica o gelatina para transportar fármacos hasta un blanco específico. Hay tesis y publicaciones que dirigió sobre doxorrubicina vehiculizada en nanotransportadores magnéticos y su efecto en células de cáncer colorrectal, sobre quercetina en líneas celulares de cáncer de mama y sobre agentes teranósticos —que diagnostican y tratan a la vez— pensados para medicina veterinaria. El acervo suma más de 2.200 citas en Google Scholar.
Marzo de 2020, y una investigación que dobla el rumbo
Cuando llegó la pandemia, Lassalle y Vera Álvarez, del INTEMA (CONICET-UNMdP), advirtieron que los materiales de una beca doctoral que codirigían podían tener actividad frente al coronavirus. Reorientaron la línea y presentaron el proyecto “Desarrollo de geles, films y recubrimientos poliméricos para la elaboración de materiales de protección y de inactivación del COVID-19 de distintas superficies” a la convocatoria de la Agencia I+D+i. Fue uno de los 64 seleccionados entre 910 ideas.
El material tenía consistencia de gelatina y se impregnaba en las telas durante la fabricación: un polímero natural con actividad antiviral, reforzado con nanopartículas inorgánicas. La idea era proteger ropa de uso hospitalario reutilizable —ambos, sábanas, toallas— y, más adelante, ofrecer un spray doméstico. La validación se pensó con grupos textiles del INTI.
Reprotector UV: un solo pomo para el sol y el mosquito
El desarrollo que más difusión le dio empezó a fines de febrero de 2023. Junto al grupo SODA que dirige Marcos Grunhut en el mismo instituto, y con la microempresa bahiense Peñenwen Cosmética Natural, su equipo formuló un protector multifuncional: filtra rayos UV, repele insectos y tiene acción antiinflamatoria.
Usa nanopartículas de óxido de zinc y dióxido de titanio, los únicos filtros aceptados por los estándares COSMOS/EcoCert para cosmética natural, que además evitan el efecto blanquecino de los protectores tradicionales. La función repelente descansa en aceites esenciales de plantas aromáticas de los géneros Cymbopogon, Ocimum y Eucalyptus. En sus laboratorios pusieron a punto un método in vitro para medir el factor de protección solar en emulsiones con esas nanopartículas.
A comienzos de 2024 la protección UV ya estaba validada y la inocuidad demostrada; faltaban los ensayos con mosquitos. El financiamiento vino del programa FITBA de la provincia de Buenos Aires, convocatoria 2022, y el siguiente escalón es regulatorio: aprobación de ANMAT o de las autoridades provinciales antes de escalar la producción. La apuesta declarada es que el precio bajo permita distribución pública.
Cuando la cuenta no cierra
Desde 2024 Lassalle se volvió una de las voces del sistema científico bahiense que discute públicamente el ajuste. Sus datos: se otorgaron 600 becas doctorales en lugar de las 1.300 previstas, y el presupuesto del CONICET repetido respecto del año anterior dejaba al instituto sin capacidad de pago para la segunda mitad del año. El Gobierno nacional sostiene esas restricciones como parte de su programa de equilibrio fiscal, y el debate sobre el tamaño y las prioridades del sistema científico argentino sigue abierto.
Su argumento no es corporativo sino de trazabilidad: un protector solar de bajo costo parece un proyecto chico, dice, pero sin años previos de datos experimentales, publicaciones y fondos no existiría. Lo que más lamenta es otra cosa: no poder retener a becarios formados en el sistema público que terminan aplicando esas capacidades afuera. Confía, de todos modos, en que la curva se revierta, como ya ocurrió antes.