Andrea Gamarnik: la bióloga de Lanús que puso a la ciencia argentina a discutirle al dengue
Andrea Gamarnik dirige uno de los laboratorios de virología más destacados de América Latina y desarrolló herramientas nacionales para diagnosticar COVID-19 y dengue.
Hay una imagen que Gamarnik repite cuando le preguntan por su infancia: un microscopio de regalo apoyado en la mesa de luz, al alcance de la mano antes de dormir. Sesenta años después, la niña que miraba lo que tuviera cerca dirige uno de los laboratorios de virología más productivos de América Latina y firma parte de lo que hoy se sabe sobre cómo se multiplica el virus del dengue. Entre esos dos momentos hay una beca de un colegio de farmacéuticos de barrio, nueve años en California y una decisión que muchos colegas suyos no tomaron: volver.
De la avenida 9 de Julio de Lanús a la Facultad de Farmacia y Bioquímica
Nació el 5 de octubre de 1964 y creció en Lanús, en una casa de la avenida 9 de Julio. Hizo la primaria en la Escuela Nº 18 Fray Mamerto Esquiú y la secundaria en el Colegio Luis Piedrabuena. Fue, además, la primera de su familia en llegar a una universidad, un dato que ella misma pone sobre la mesa cada vez que se discute el financiamiento de la educación estatal.
Su adolescencia transcurrió en buena medida en el club Peretz de Lanús, donde jugó al ping pong y al handball —federada en ambos— y al fútbol, que describe como su verdadera pasión. Es hincha del club de su ciudad.
La elección de carrera se definió por un aviso pegado en la farmacia del barrio: el Colegio de Farmacéuticos ofrecía una beca para estudiar Farmacia y Bioquímica en la UBA. Se anotó, la ganó, y con los viáticos y los libros cubiertos se recibió de bioquímica en 1988 con medalla de oro al mejor promedio. El doctorado, también en la UBA, lo terminó en 1993.
California, el poliovirus y el regreso de 2001
En 1994 se mudó a Estados Unidos para hacer un posdoctorado en la Universidad de California en San Francisco. Allí se topó con una disciplina que no había cursado nunca —la virología— y se quedó en ella: estudió los mecanismos moleculares de replicación del virus de la poliomielitis. Entre 2000 y 2001 pasó por la industria biotecnológica, desarrollando ensayos fenotípicos de resistencia a drogas para VIH y hepatitis B y C.
A fines de 2001, con el país en su peor crisis reciente, un programa de repatriación de científicos la trajo de vuelta. Se sumó a la Fundación Instituto Leloir y montó ahí el primer laboratorio de Virología Molecular del país. Lo dirige desde entonces y por sus mesadas pasaron más de treinta jóvenes profesionales en formación. Entre 2005 y 2011 integró el programa de International Research Scholars del Instituto Médico Howard Hughes.
El mecanismo del dengue, contado desde Buenos Aires
El trabajo que la volvió una referencia internacional apunta a los flavivirus, la familia que incluye al dengue, al Zika y a la fiebre amarilla. Su equipo describió cómo el virus del dengue neutraliza la respuesta antiviral de las células humanas para infectarse con éxito, y estableció que esa maniobra no es idéntica en los cuatro serotipos que circulan (DEN1, DEN2, DEN3 y DEN4). También determinó qué cambios necesita el virus para saltar del mosquito Aedes aegypti a las células humanas, un problema que excede al dengue: ayuda a entender cómo emergen patógenos nuevos desde reservorios animales. Su producción en el área supera los setenta y cinco trabajos originales publicados.
Cuarenta y cinco días, dos tests nacionales
En marzo de 2020 encontró al laboratorio con insumos escasos y una pandemia encima. En 45 días desarrollaron el COVIDAR IgG, la primera prueba de anticuerpos contra el SARS-CoV-2 de fabricación argentina, que resultó clave para los estudios de plasma de convalecientes. Terminada esa urgencia, el grupo volvió al dengue y creó el kit Detect-AR Dengue ELISA NS1, primer test de antígeno nacional para diagnosticar la enfermedad, capaz de detectar los cuatro serotipos. Fue aprobado para comercialización y exportación en 2024.
Una vitrina que no para de llenarse
En 2009 recibió la distinción Golda Meir y el premio nacional L’Oréal-UNESCO Por la Mujer en la Ciencia; en 2010 la Legislatura porteña la declaró Personalidad Destacada de la Ciencia. La Fundación Konex le dio el Diploma al Mérito en 2013 y el Konex de Platino en 2023, este último en Desarrollo Tecnológico. En 2014 se convirtió en la primera mujer argentina en integrar la Academia Estadounidense de Microbiología, y en 2021 sumó su ingreso a la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias. El galardón internacional L’Oréal-UNESCO llegó por sus hallazgos sobre virus transmitidos por mosquitos. En diciembre de 2022 recibió el título de Investigadora de la Nación, la máxima distinción del sistema científico argentino.
La parte incómoda: techo de cristal y presupuesto
Gamarnik usa los micrófonos que le dan los premios para señalar dos cosas. La primera son las cifras internas del CONICET: más de la mitad del personal son mujeres, pero en las categorías superiores esa proporción cae a un cuarto. Su propio laboratorio, con alta participación femenina, es la excepción y no la regla.
La segunda es presupuestaria, y ahí su posición se volvió materia de debate público. Desde 2024 es una de las voces del sistema científico que denuncian, dentro y fuera del país, el recorte de fondos a la investigación bajo la administración de Javier Milei, incluidos subsidios ya asignados. El Gobierno defiende esos ajustes como parte de su programa de equilibrio fiscal, y la discusión sobre cuánto y cómo debe financiar el Estado a la ciencia sigue abierta. Que una investigadora premiada por dos gobiernos de signo distinto ocupe ese lugar dice algo del peso que tiene su firma: cuando habla, la conversación se corre del pasillo del laboratorio al debate público.