Conrado Varotto: el físico que le puso reactores y satélites a la Argentina 

Conrado Varotto: el físico que le puso reactores y satélites a la Argentina 

Conrado Varotto fundó INVAP y condujo la CONAE durante más de dos décadas, con una trayectoria ligada a reactores, satélites y tecnología de alto valor agregado.

Un chico de nueve años que dejó atrás la guerra en Europa y desembarcó en un país del que no sabía nada. Ese punto de partida explica bastante de lo que vino después: Varotto repite, cada vez que le dan un premio, que la Argentina le dio todas las oportunidades y que su deseo es que el país les dé lo mismo a los que nacieron acá. Con esa deuda a cuestas construyó dos cosas que hoy existen sin él: una empresa tecnológica que exporta reactores nucleares y un programa espacial que sobrevivió a todos los gobiernos.

Bariloche era un pueblito

Nació en Brugine, en la provincia de Padua, el 13 de agosto de 1941. Estudió en lo que entonces se llamaba Instituto de Física de Bariloche —hoy Instituto Balseiro— con dos becas de la Comisión Nacional de Energía Atómica, y se doctoró en Física en 1968. Ese mismo año partió con una beca del CONICET a la Universidad de California… no: a Stanford, como investigador asociado en el Departamento de Ciencias de los Materiales. Los dos años que pasó ahí coincidieron con el nacimiento de Silicon Valley, y volvió con una idea fija sobre qué se podía hacer con un buen núcleo de profesionales formados en casa.

En 1971 quedó a cargo del Programa de Investigación Aplicada del Centro Atómico Bariloche. Desde ese escritorio empezó a resolverles problemas concretos a empresas argentinas: ferrita para inductores destinada a ENTel, por ejemplo. La lógica era simple y la sostuvo toda la vida: el insumo principal de esta actividad es materia gris.

1976: nace INVAP

La empresa que fundó ese año en Bariloche, y que dirigió como gerente general y técnico hasta 1991, arrancó como apoyo a la CNEA en tecnología nuclear pero con el mandato de meterse en cualquier desarrollo de alto valor agregado. La lista de lo que salió de ahí bajo su conducción es larga: el reactor RA-6 en el Centro Atómico Bariloche, construido en tiempo récord; la tecnología de esponja de circonio; el enriquecimiento de uranio por difusión gaseosa y la planta de Pilcaniyeu; elementos combustibles; bombas de cobalto para tratamientos oncológicos; el almacenamiento en seco del combustible quemado de Embalse; y el concepto del CAREM, un reactor chico y de seguridad intrínseca.

El resultado comercial llegó después: INVAP exportó reactores de investigación y entrenamiento e instalaciones auxiliares a Perú, Argelia, Egipto, Australia, Holanda y Arabia Saudita, y equipamiento de medicina nuclear a Cuba, la India, Bolivia, Colombia, Brasil, Venezuela y Siria. Hoy la empresa cumple cinco décadas y trabaja en cuatro áreas —nuclear, espacial, defensa y sistemas médicos—, y su propio sitio institucional atribuye a Varotto la vocación de generar trabajo genuino que quedó incorporada a su cultura interna.

El salto al espacio

El contacto con los satélites vino a fines de los ochenta, cuando Mario Gulich le propuso que INVAP fuera contratista principal del SAC-B. En 1994 pasó a conducir la CONAE, creada tres años antes, y se quedó hasta mayo de 2018: veinticuatro años, un caso raro de continuidad en la administración pública argentina.

Bajo su gestión se lanzaron los SAC-A, B, C y D/Aquarius —este último desde Vandenberg, en junio de 2011— y arrancó la serie SAOCOM, con radares en banda L que ven a través de las nubes y miden humedad del suelo, derrames de hidrocarburos e inundaciones. El primero salió en octubre de 2018. La sociedad con la Agencia Espacial Italiana dio origen al SIASGE, que combina la banda L argentina con la banda X de los COSMO-SkyMed: dos satélites apuntando al mismo punto con frecuencias distintas. También se creó VENG, en 1998, para desarrollar acceso propio al espacio, y quedó en marcha el prototipo de lanzador Tronador III.

Los números de su gestión: el presupuesto anual de la CONAE pasó de unos 20 millones de dólares a cerca de 100 millones en 2019, y el segmento de tierra creció de una sola antena a cinco operativas en Córdoba más dos en Tolhuin, Tierra del Fuego. Sumó, además, cuatro maestrías con beca completa en el Centro Espacial Teófilo Tabanera.

Las zonas de fricción

No todo fue viento a favor, y él lo dice sin rodeos. El desarrollo del enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu, encarado en el contexto político de los años setenta y ochenta, encendió alarmas en el exterior sobre las intenciones nucleares argentinas; el país despejó esas dudas después con los acuerdos de control regional e internacional, y aquella capacidad terminó convirtiéndose en un activo exportador. El lanzador nacional, en cambio, sigue siendo la cuenta pendiente: acumula demoras y vaivenes presupuestarios desde hace más de una década.

Su crítica más dura no apunta a ningún gobierno en particular sino al conjunto. “La gran falla fue no mantener políticas de largo plazo”, resumió en 2025, al recibir la Mención de Honor al Valor Científico del Senado. Y aun así insiste con la parte optimista: sueña con una agencia espacial regional y con una Argentina desarrollada, apostando a lo que llama el cuarto factor de producción, el conocimiento.

Los premios, y a quién se los adjudica

Fue designado miembro de la Academia Nacional de Ciencias en 1989, recibió el Konex de Platino en Física y Tecnología Nucleares en 1993, la Mención de Honor Sarmiento del Senado en 2015, el doctorado honoris causa de la UTN y el título de Investigador de la Nación en 2019. En diciembre de 2025, el Centro Argentino de Ingenieros le dio el Premio La Ingeniería, que se entrega cada dos años desde 1969.

Cuando le entregaron el reconocimiento del Senado, su respuesta fue devolver el crédito: estos premios personales, dijo, son en realidad el mérito de un grupo que se rompió el alma.